Crónica: De ti aprendí
Reyna Vázquez, mi abuela materna.
Cada una de mis tardes a lado de mi
abuela era única y especial para mí, no había tarde igual.
Las puestas de sol en casa de mi
abuelita las anhelaba cada mañana y cada noche.
¿Por qué las tardes no eran cualquiera
para mí? La respuesta es fácil, porque cada tarde mi abuelita Reyna –esa gran
mujer a la que de cariño yo llamaba Osito– tenía preparada para mí una gran
historia que iba entretejiendo con sus palabras y recuerdos, una historia que
nos traía sonrisas y en algunas ocasiones, unas cuantas lágrimas.
Es complicado para mí escribir y
recordar con exactitud cada una de las historias que mi abuela me contó, pues
ella lo hizo desde que empecé a tener uso de razón, desde que yo tenía 7 años
hasta que cumplí 16 de edad; fueron 9 años de tardes inolvidables, 3285 piezas
de un rompecabezas con el que mi abuela me formó, sí, yo soy el resultado de la
unión de cada una de esas piezas, porque las historias no eran sin sentido,
eran para darme un panorama de la vida, para enseñarme con sus vivencias.
Casi 10 años de historias, casi, porque
mi abuela murió en noviembre de 2013. Y aun con ese cierre tan doloroso, ella
me dio la última lección de vida, Amar hasta el último instante, sin
importar la distancia, sin importar el contexto por más duro que fuese.
Debí hacer un diario de historias, pero
lo importante no era plasmarlas en una hoja, sino en cada día de mi vida, y aun
cuando es difícil, me esfuerzo por practicarlas. Porque cada que había una
situación que parecía imposible de lograr, mi abuela me decía: Recuerda que la ocasión anterior fue más
complicada y lo lograste hacer, sigue adelante.
Fueron miles de días de charla con
abuela, todos importantes, pero los que mencionaré me marcaron con sus
historias mucho más que otros.
1°- “Reyna como hija”
Mi abuela nació el 6 de Enero de 1944 en
San Francisco Cuahutlancingo, Chalchicomula de Sesma, Puebla. Fue la quinta
hija de siete que tuvieron sus padres Jesús y Francisca, mis bisabuelos.
Ella me platicaba, con lo que le
contaron alguna vez, que sus padres salieron la tarde del 5 de enero de 1944 en
busca de juguetes para dárselos de regalo a sus hermanos –era el día de Reyes-
pero no imaginaban que en el camino mi bisabuela tendría los síntomas de parto.
Regreso a casa, ya en las primeras horas del 6 de enero, mi abuela nació y por
la fecha que se celebraba, a ella le pusieron ese nombre y otros dos.
El nombre completo de mi abuela era
María Reyna Eva, cabe resaltar y dejar muy en claro que a ella sólo le gustaba
el nombre de Reyna; ciertamente la entendía.
La vida de mi abuela cuando fue niña, no
fue nada fácil. No tuvo la oportunidad de estudiar luego de concluir sus
estudios de 2° de primaria; tuvo que trabajar desde muy pequeña, lavaba y planchaba
la ropa de toda su familia, cocinaba, hacia tortillas a mano, trabajaba en casa
de sus vecinos y, ayudaba a sus padres a sembrar y a cosechar en el campo. Todo
lo que vivía en su día a día la convirtió en una joven muy independiente,
valiente, fuerte y segura.
Mi abuelita Reyna, también fue una chica
que siempre se defendió, me contó que en una ocasión su madre la regañó y ella
reaccionó como sus papás no lo esperaban, fue a subirse a un árbol, pero que
llevaba una gran olla de comida y un jarro de pulque –bebida que siempre le
fascinó- para que sus padres se enojaran más; yo le decía que yo jamás lo
hubiera podido hacer, y ella se burlaba de mí. Esta historia fue de las más
contadas, pero cada que la repetía, reíamos con mayor dificultad de parar.
Mi abuela se convirtió en una mujer con
grandes agallas, y con esta historia siempre me lo explicaba. Me decía que en
una ocasión su mamá le pidió ir a dejarle comida para el desayuno a su papá,
entonces, ella fue al campo que estaba muy lejos, y que al regresar ya hacía
mucho calor, pero cuando llegó a casa mi bisabuela le dijo: Reyna, olvidé que llevaras la chamarra de tu
papá, vuelve a ir. Entonces ella ya agota decidió ir en un burro al campo,
sin saber montarlo. Al salir todo parecía fácil, el burro caminaba bien, pero
mi abuelita sentía que iba muy lento y casi sin avanzar, así que sin pensar
consecuencias, lo golpeó con una vara para que corriera el burro, y en efecto,
corrió, pero tiró a mi abuela. Esta anécdota me hacía llorar de la risa, pues
me decía que se levantó muy rápido para que nadie la viera y más adelante logró
alcanzar al burro.
2°- “Reyna como madre de familia”
Mi abuela se casó a los 19 años de edad,
demasiado joven a mi parecer, pero ella me decía que fue porque
desafortunadamente no se sentía tan feliz a lado de sus padres a comparación de
cuando estaba con mi abuelo Rubén.
Tuvieron 8 hijos, de los cuales murieron
dos cuando apenas eran recién nacidos. Su primera hija fue mi mamá Martha, y
luego de ella 4 hombres y una hija.
Los inicios del matrimonio de mis
abuelos, me decía, fueron lindos, pero que poco tiempo después, tristemente la
felicidad se fue debilitando porque como en la mayoría de matrimonios, había
problemas, pero mi abuelo no ponía empeño para salir de ellos.
Mi abuela tenía que seguir trabajando
para poder darles, en medida de lo posible, lo mejor a sus hijos; también mi
madre trabajaba y estudiaba para poder ayudarle un poco con los gastos a mi
abuela. Mi mamá y mis tíos dicen que su madre siempre buscaba con esfuerzo un
trabajo, mientras que su padre estaba en el campo, él también trabajó mucho,
pero no siempre ayudó a su esposa a cubrir los gastos.
Cuando mi abuelo Rubén tenía 34 años
tuvo un accidente automovilístico que lo dejó muy grave en el hospital por un
mes entero. Todo marchaba bien a pesar de la magnitud del suceso, pero cuando
estaba por ser dado de alta, murió debido a un coágulo en el cerebro que nunca
le fue detectado y menos atendido.
Fue entonces cuando el panorama tornó
más oscuro para mi abuelita, tenía que sacar adelante a sus seis hijos, de quienes
el más pequeño tenía solamente 4 meses de nacido.
Pero a pesar de todos los problemas que
afrontó mi abuela, logró su propósito y deber, dar apoyo a sus hijos para que
estudiaran y tuvieran lo necesario. Y es con esta parte de su historia que ella
me demostró que no hay meta tan grande que sea imposible de superar y que, los
limites los marcamos nosotros.
3°- Amar hasta el último instante
Los últimos días de vida de mi abuela
fueron muy duros para ella y para todos los que estábamos a su lado. Ella tuvo
que ser internada todo un mes en un hospital de la Ciudad de México, debido a
problemas de la diabetes que padecía junto con otras complicaciones.
El estar lejos de ella para mí implicaba
una verdadera tristeza y un gran sacrificio. Pero afortunadamente tuve la
oportunidad de verla el 10 de octubre de 2013, aprovechamos a platicar un
poco, a comer juntos, a sonreír, pero también a llorar cuando nos despedimos.
Las últimas palabras que me dijo fueron:
No te preocupes, te quiero mucho, ya
pronto nos vemos en la casa. Pero exactamente un mes después, mi
abuela murió. Fue entonces cuando aprendí que amar debe ser desde el principio hasta el final,
sin importar la distancia, sin importar nada.
4°- Ahora que no está
Cuando mi abuela dejó de estar a mi
lado, para mí fue difícil – casi imposible- aceptarlo.
Mis visitas al psicólogo fueron
constantes, pues sin dudar estaba atravesando por una fuerte depresión; sentía
que todo y todos estaban en contra mía, que ya nada tendría sentido. En la
escuela, no había día que no llorara a lado de mis compañeros. En la casa me
aferraba cada vez más a su recuerdo. Fue una temporada complicada.
Cuando me recuperé, aprendí una lección más, aprendí que era el inicio de demostrarle a mi abuelita que todas esas enseñanzas no fueron en vano; y además a seguir sonriéndole a la vida porque mi abuela alguna vez me lo dijo: no te olvides de sonreír. Y ahora curiosamente mi familia y algunos conocidos dicen que tengo la misma sonrisa que doña Reyna Vázquez.

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